En una larga y reciente conversación con Miguel Boyer acerca de la crisis económica- hace bien Zapatero en recabar frecuentemente el asesoramiento y opinión del que fuera superministro de Economía y Hacienda del primer Gobierno González- recordé episodios de hace ya demasiado tiempo, cuando preparaba su densa biografía (“Miguel Boyer. El hombre que sabía demasiado”, Temas de Hoy, Madrid, 1991), cuando la dura y difícil tarea de gobernar España se encomendó a personalidades de la talla de Miguel. Y una de sus expresiones más elocuentes era la de definir la idea y los hábitos democráticos en España como una ocasional “flor de estufa”, como algo efímero, débil y enfermizo.
Sólo así se explica que en un país con un subsuelo histórico, cultural, sociológico tan acreditadamente autoritarios, en el que la democracia y la libertad política y cultural apenas han brotado, débiles y fugaces, en brevísimos e intermitentes periodos de tiempo, explica la general sorpresa que suscitan noticias como la que en esta ocasión me ocupa.
ESTRASBURGO
La histórica sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo del pasado 1 de junio de la que da amplia cuenta esta edición de LEER, que condena al Reino de España por violar uno de mis Derechos Humanos más esenciales – en este caso el de la libertad de expresión y de Prensa, que garantiza y protege el Artículo 10 del Convenio Europeo de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales – es buena ocasión para escribir con cierto detenimiento sobre el desdén y el desprecio generalizados hacia los Derechos Humanos que imperan en nuestro país. Y el más esencial de todos, después del derecho a la vida, el de la libertad de palabra y pensamiento, que consagra el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, apenas se celebra cada 3 de mayo como Día Mundial de la Libertad de Prensa, e incluso se llega hasta el síntoma surrealista de que en España algunas organizaciones escamoteen el adjetivo establecido por la ONU, “Mundial”, y lo rebajen con el sifón semántico de la propaganda subliminal, sustituyéndolo por el más leve y asexuado de “internacional”. Antes que nada, expresar mi agradecimiento hacia las organizaciones internacionales más importantes del mundo de defensa de la libertad de Prensa, que me dieron su apoyo.
He sido, sigo siendo, víctima de censores diabólicos, encargados de amordazarme televisiva o radiofónicamente, de silenciar mi voz con excusas incluso repugnantes, de la más pura esencia franquista, y hasta he llegado a padecer episodios parecidos a la “censura previa” de los años de plomo del franquismo. Vivir para ver. Unido a operativos de espionaje, incluida alguna “matahari” garbancera, de vía estrecha, supuestos colegas encargados de conocer todo sobre mi, pinchazos de mis teléfonos – en dos ocasiones he denunciado a los jueces la intevención de mis móviles, actos característicos de regímenes policíacos-.
Quienes me han difamado, quienes me han hecho objeto de sus embustes, de sus calumnias, de sus insultos, más o menos explícitos o subrepticios, como respuesta a mis escritos; Quienes con procedimientos risibles por lo infantil , han lanzado procesos de burla y ridiculización, puestos en marcha con la miserable intención de atemorizarme o hacerme guardar silencio, en el más puro estilo Cosa Nostra, cuando depositan peces muertos en los felpudos de las casas. Realmente, que personajes que pasan por ser intelectuales o escritores, hayan participado en operativos de ésta índole contra mi persona, sólo explicables a partir de la conocida máxima de Goebbels (“para destruirlos, ridiculízalos”) es algo que alarmará a cualquier persona buena crianza democrática.
Y todas estas acciones se llevan a cabo por agentes que no son otra cosa- es posible que ni siquiera ellos mismos lo sepan- que violadores, burladores siniestros y recalcitrantes de los Derechos Humanos, los míos en este caso.
Sólo al alcanzar la noticia de Estrasburgo – sentencia, como las del TEDH, redactada en inglés y en francés- difusión planetaria, al ocuparse de ella las grandes agencias internacionales, al figurar a partir de ahora en la jurisprudencia relativa a libertad de expresión y de Prensa del Alto Tribunal y por tanto en futuros escritos jurídicos de todo el mundo, parece que ha provocado el silencio avergonzado de colegas a los que aún premian y que en su momento tuvieron comportamientos vergonzosos a favor de tales acciones, manipulando informaciones y silenciando otras; de abogados corruptos, que manipularon y orientaron malintencionada, política y deliberadamente escritos para perjudicarme y permitir que ¡ la Ley de Prensa de Franco! fuera el instrumento de barbarie utilizado para condenarme por una información rigurosa y veraz de la que, además, yo no era autor.
En una ocasión, el gran jurista, penalista y catedrático Enrique Gimbernat me comentaba con tono festivo que quien firma este epistolario – junto con algun otro colega de la prensa- parecíamos acreditar más conocimientos y soltura intelectual en el uso del Derecho que muchos juristas y compañeros suyos. Mi respuesta : he acabado siendo como el personaje de Molière, jurista malgré moi, abogado a palos, consecuencia de demasiados años de justiciable tomando asiento en el escaño de los encausados y tras décadas de ejercicio de un periodismo honrado, riguroso y de alta tecnología, del uso terminante de la libertad de Prensa y expresión, en un país tan habituado a los procedimientos censores del Santo Oficio, a las mordazas inquisitoriales de las que tantas veces he escrito en estas páginas - la última, precisamente, en mi anterior “Carta”-.
“CASO HASSAN II”: 14 AÑOS
Sin contar los casos anteriores, sólo en esta ocasión, han sido 11 años los que he permanecido pendiente de las sentencias condenatorias de los tribunales españoles, descaradamente manipulados desde ámbitos políticos y más de 3 años para lograr esta sentencia absolutoria de Estrasburgo- histórica y modélica, como la ha definido muy acertadamente mi abogado, Javier Iglesias- 14 años en total. Tiempo habrá de analizarla con detalle, incluso el comportamiento de algunos magistrados del Tribunal Supremo, comenzando por el que fue ponente de la sentencia de rechazo de mi recurso de casación, el magistrado Clemente Auger y algún otro magistrado firmante del escrito, que confirmaron las condenas de instancias previas – Primera Instancia y Audiencia-. Con el argumento de que la capacidad lesiva contra “el honor” (sic) del sultán Hassan II residía no en la información, rigurosa y veraz, sino “en el titular” de la misma, que se juzgaba exagerado, malintencionado y difamatorio. La sentencia zanja definitivamente tan extraño caso de intrusismo argumental: “No incumbe al Tribunal de Justicia (TEDH), ni a los órganos jurisdiccionales nacionales, por lo demás, reemplazar a la prensa para decir que técnica deben adoptar los periodistas”, dice textualmente. Ni, desde luego, `psicoanalizarme, abriendo procesos de intenciones que nunca existieron en mi.
RELEVO EN EL “PRINCIPE DE ASTURIAS”
Este año, El Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, de cuyo Jurado me honro en formar parte, recayó en dos sociólogos de incuestionable influencia intelectual en todo el mundo, el francés Alain Touraine y el judío polaco, nacionalizado británico, Zygmunt Bauman, ambos intérpretes y analistas brillantes, durante décadas, del cambiante mundo que vivimos.
También esta Edición 2010 ha sido la del relevo de Graciano García, Director General- aunque continúe como valioso consejero y Director emérito- y gran creador de la idea de la Fundación y de los Premios que llevan su nombre. Su sustituto, en este caso sustituta, es una joven e inteligente profesional del Derecho, Teresa Sanjurjo, que ya desde sus primeros pasos en la Fundación ha ofrecido muestras de ser sobradamente capaz para asumir tan alto e importante reto profesional.
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